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Adios Matasiete

I.

Hace unos 5 meses, una vecina le secuestró a mi hija las llaves del apartamento que aún tenía alquilado en San Antonio de los Altos, con la excusa de un problema con el agua de la casa las pidió para finalmente entregárselas al dueño del espacio que decidió recuperarlo.

En esa casa aún quedaban cosas importantes para mi, como libros, ropa, utensilios de cocina, cuadros, corchos con recuerdos, etc.

Todo eso lo perdí. Simplemente no hubo a quién pedirle que fuera a rescatar mis cosas, y así, como si no importaban ya, tuve que decirle al dueño que las regalase o las botase, que hiciese lo que le diera la gana con toda esa “mierda” porque “total” ya yo tenia un año fuera de Venezuela y si no me habian hecho falta, era porque no las necesitaba, y las perdí.

II.

Ayer, me tocó despedirme del apartamento donde nací y crecí junto a mis abuelos que para mi eran mis padres, los únicos y maravillosos, la casa donde yacían todos mis recuerdos y memorias de infancia y adolescencia, donde estaba el cuarto donde viví durante 22 años de mi vida, donde mis raíces estaban asentadas, la casa de la que salí a enfrentarme con la vida.

La casa que luego pasó a ser un dolor de cabeza y objeto de discordia después de la muerte de mis abuelos hace ya 18 años; pues la peor de los hijos (mi madre natural) la secuestró, invadió, destrozó, endeudó, insultó y traicionó los años de esfuerzo y sacrificios que mis viejos hicieron para tener ese hogar. Había que decirle ADIOS para cerrar ese ciclo. PUNTO

.

La casa que entonces yo soñaba con comprar algún día, recuperarla para mi, quizás para mi hija o mis nietos si es que tengo, la casa en la que nadie más vivió tanto tiempo como yo o como ellos (mis abuelos), donde se hacían las comelonas italianas de navidad, fin de año, días de la madre, días del padre, cumpleaños.

La del balcón enorme que era un campo de juegos, del cuartico de servicio que era mi sala de baile secreta, donde aprendí a hacer pizzas, donde hice todas las cosas prohibidas que hacen los adolescentes cuando se quedan solos, el único y el último hogar bonito que recuerdo antes de empezar esta vida de gitaneo emocional y nomadismo casi forzado.

Y así, en la distancia, sin poder hacer o decir nada, tuve que aceptarlo y dejarla ir DEFINITIVAMENTE.

Saber que ya no habrá forma de volver a esa casa, que no llegué a comprarla, me tiene destrozada el alma.

Cuando mis padres-abuelos murieron yo no pude llorarlos mucho porque cuando mi papa murió estaba preñada y luego meses más tarde, cuando mi mamá murió estaba lactando y antes que mi duelo estaba mi niña y su bienestar, su teta y su tranquilidad, pero hoy, nada pudo contener que yo reabra mi duelo, y no consiga consuelo, ni llave que cierre las lágrimas de esta nueva suerte de muerte que experimento.

III.

Todo esto en paralelo a la horrible realidad que mi otra madre, Venezuela, enfrenta justo en este momento a pocas horas de que se consume la mayor traición a la Patria de nuestra historia republicana y dejemos de ser el país de las libertades.

Es realmente poco lo que puedo hacer desde aquí para evitarlo, pero sintiéndome como me siento, estaría dispuesta a luchar con todas mis fuerzas para no perder también nuestra casa mayor; ojalá que quienes están allá puedan hacerlo y no la perdamos definitivamente, y así TODOS los venezolanos dentro y fuera de Venezuela podamos volver a vivir en ella felices de nuevo.

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No importa, yo se que todas estas pérdidas que hoy me devastan, mas temprano que tarde me ayudarán a ponerme en pie de nuevo, como siempre lo he hecho.

Gracias por leer hasta aquí



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